7 abr. 2010

::Mis frikadas:: Un día en el bosque

La vegetación se elevaba imperiosa y amenazante, bordada de verdes, grises y tostados, y una inusitada quietud mantenía estancado a cada árbol y brizna de hierba en el tiempo. La calma del bosque se interrumpió por las prisas de una niña de melena dorada y brillante, como los rayos vespertinos del amanecer. ¿Tenía prisa? No, estaba huyendo. A cada zancada miraba atrás en busca de una pista del cazador, y el cansancio hacía flaquear sus piernas. Tropezó con una rama y se estampó contra la arena rojiza.
Un gruñido disgustado se le escapó de entre los dientes y enseguida se puso en pie ayudándose de su rifle. El calor de la carrera empezaba a sofocarle a pesar de que la temperatura no era alta. De modo que se deshizo de la chaqueta de la milicia, que era un par de tallas mayor que la suya pues en la academia militar no estaban acostumbrados a tener alumnos tan jóvenes. Nelka sólo contaba once años. Luego volvió a ajustarse la espada a la espalda y el fusil al hombro.
Como un felino giró la atención hacia la maleza cuando escuchó que las ramas crujían. Desde donde estaba podía olisquear la fetidez a goma quemada que desprendía esa máquina. Desde luego, haberle prendido fuego a esa tetera con tentáculos no había servido de mucho. Ya no sabía qué hacer para deshacerse de ella.
De un salto grácil como el de una bailarina de ballet trepó al tronco de un árbol, y más arriba se encaramó en una de las ramas. Desde allí esperó con la vista atenta y oteando el horizonte a través del punto de mira del rifle.
La manta verde se agitó espantando hojas. El cazador, con el armazón de hierro quemado por el incendio, se detuvo hundiendo las cuatro patas en la tierra para inspeccionar el claro con su ojo rojo. Siseó, de esa manera que sólo un robot sabe, con un sonido frío y cortante, sin vida ni sentimientos.
No era rápido, nada rápido, pensó Nelka mientras le observaba a través del fusil, aun así no había manera posible de tumbar a ese implacable cazador.
La máquina fijó la lente sobre la presa pues su calor humano la había delatado en forma de mancha oscura. Obedeciendo a su programa de eliminación selectiva armó sus brazos extensibles y cargó contra ella. Pero la mancha se zafó de la ventisca de balas y se escabulló entre la espesura. Reanudó la marcha, era imparable e implacable, no se detendría hasta que eliminase el objetivo.

Después de la acrobacia Nelka había perdido el fusil y ahora sólo tenía su espada para poder defenderse. Pronto averiguó que tenía que sumar un percance más a la situación, el camino terminaba en un barranco. Frenó justo al borde y se asomó barajando la posibilidad de saltar al vacío, pero eso habría sido un suicidio bastante estúpido. De modo que se volvió y desenvainó la espada para plantar cara a la máquina, que no se hizo esperar demasiado. Tras atropellar algunos arbustos y derribar un par de troncos secos, se precipitó sobre ella con los brazos cargados de nuevo. Pero esta vez fue Nelka quien movió primero la ficha, saltó sobre la máquina y clavó la espada en la lente roja dejando al cazador ciego. Se estremeció entonces, chispeando averiado, aunque todavía operativo. Intentaba alcanzar a la pequeña niña danzarina, que saltando de un lado a otro esquivaba todos sus intentos. Esta vez la máquina tuvo suerte y uno de los brazos consiguió travesar el muslo de la niña y clavarla al metal.
Nelka gritó, aunque sabía que el cazador no podía escucharla, y de igual manera no tendría compasión de haberla oído. No pararía hasta matarle, estaba segura, y no estaba dispuesta a permitírselo. Esquivó el nuevo ataque que había dirigido sobre su cabeza y al tiempo consiguió alcanzar la empuñadura de la espada. Sesgó el aire y la hoja cortó el brazo que la apresaba. Rodó por la curvatura y se dejó caer al suelo, y aunque se magulló al estamparse contra la arena se lanzó hacia los matorrales con la intención de ocultarse. Ahora el cazador disparaba a ciegas y con un poco de suerte, si conseguía engañarle, conseguiría que se despeñase por el barranco. Corrió hacia la cornisa con esa esperanza, pero una bala le alcanzó en el hombro. La máquina le había derribado a ella.
En el suelo, y en un último esfuerzo, Nelka buscó la pistola que llevaba oculta en la pernera del pantalón. Mientras esperaba lo inevitable se preguntó qué hacía allí en vez de estar jugando a las muñecas como todas las niñas de su edad. Su vida habría sido muy diferente si no hubiese elegido el camino del guerrero.
El amasijo de metal se precipitó sobre ella. Sólo tenía una oportunidad, si erraba el tiro estaba perdida. Esperó, esperó... Disparó.

El silencio retornó a los árboles, sereno y tranquilizador, y Nelka abrió los ojos. El cazador estaba sobre ella, paralizado y estático, y tras él el techo gris de la sala de simulación. El bosque había desaparecido y el juego había terminado.
El rostro del general Blath la miró desde arriba, recortado por los focos. Aún así Nelka pudo distinguir su ceño fruncido.
—¿Me quieres explicar cómo pretendías deshacerte del T-27 con esto? —el general le quitó la pistola de las manos, que no opusieron ninguna resistencia—. La próxima vez piensa antes de actuar porque sino dejaré que te aplaste.
Después de la reprimenda se alejó dejándola herida.
Nelka escuchó cómo se cerraba la puerta de la sala. Intentó incorporarse, le costó unos minutos hacerse al dolor hasta que pudo levantarse. Arrastró la pierna y se dirigió hacia la salida, era hora de ir a la enfermería.

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3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho tu relato, pero me ha dado pena la pobre niña.

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  2. Me encanta cómo escribes <3
    Está genial, muy original y simpatiquísimo.
    Besos ;)

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  3. Andrés, dicen que los niños son de goma pero Nelka más bien es de acero.

    Iria, muchas gracias, que a la gente le guste lo que hago me anima mucho para seguir haciendo más cosas :D

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