15 abr. 2014

De ruta por Italia

¡He vuelto! Sí, ya lo sé, llevo mucho tiempo sin dar señales de vida pero es que he estado ocupada viajando con Willy Fog por Italia, el país de las pizzas y los helados orgásmicos. Bueeeno, también tiene otras cosas, sobre todo monumentos y cosas preciosas que te dejan con la boca abierta.

Aterricé en Pisa, una ciudad pequeñita y muy cuca donde el mayor atractivo turístico es su famosísima torre inclinada. La verdad es que la Piazza del Duomo es espectacular, tanto por la torre como por la catedral y su baptisterio, el conjunto es impresionante. Aunque es más digno de admirar todos esos turistas y sus poses a lo Power Ranger.


La torre está efectivamente inclinada, y por lo visto todo aquel que la ve no puede evitar el impulso de ir a sostenerla.


Florencia fue la siguiente parada. Pisa se puede ver en un solo día pero Florencia, aunque su centro histórico es recogidito, hace falta más tiempo para poder verlo todo. Estuve por allí varios días pero me quedaron cosas por ver, como Santa Croce o Santa Maria Novella, que solo las vi por fuera. Lo que sí pude ver fue la catedral, su campanario y la famosa cúpula. Y os aseguro que me acordaré toda la vida de esas escaleras interminables, propias de una mente retorcida e inmisericorde. Además de ver la catedral me atreví a subir al campanario, donde el Giotto no escatimó en escalones. ¡Qué vistas más bonitas! ¡¡Pero qué cantidad de escalones!!

 Fijáos en el tamaño de la gente.

Después de eso, como aún me quedaban energías (hay que tener en cuenta que estaba resfriada y ya de por sí no podía respirar con tanto moco), decidí subir también a la cúpula. Se ve que el Giotto y Bruneleschi hicieron una especie de apuesta a ver quién ponía más escalones, porque la cúpula tiene incluso más que el campanario, con pasillos estrechos y tramos empinados (no es una subida apta para claustrofóbicos). Fue una aventura encumbrar las dos cosas, en total fueron alrededor de 877 escalones y claro, al día siguiente tenía unas agujetas peores que morir a base de pellizcos. 

Con agujetas y todo me tragué al día siguiente unas tres horas de cola para entrar a la Galería Uffizi, más el consecuente paseo por el interminable museo. ¡Qué bonito todo y qué emocionante! He de decir que El nacimiento de Venus me decepcionó un poco, las reproducciones que vemos en los libros son mucho más coloristas que el original, había cuadros por allí que me emocionaron mucho más que la famosa obra de Botticelli. El que sí impresiona es el David de Miguel Ángel.

Esta es una réplica que hay en las puertas del Palacio Vecchio, el original está en la Galería de la Academia.

Como no tuvimos suficiente caminata, Willy Fog y yo nos fuimos a Roma. El primer día, entre otras visitas, pasamos por el Vaticano. Si vais a Roma es una visita obligada porque es IMPRESIONANTE. El museo es enorme, y es sorprendente la colección que tienen allí, ¡hasta tienen una momia! Entre cuadros y esculturas, de todas las épocas habidas y por haber, me encontré con una representación de la princesa Romy.


También me traje un recuerdo muy épico:

Juan Pablo II, el papa móvil donde sufrió el atentado y en la imagen de atrás, él mismo con el tío que le disparó. ¡Fantasticoso!

Roma es impresionante, y grande, muy grande, así que resumo el paseo porque fue larguísimo. Además del Vaticano pasé por las puertas del Coliseo, metí las manitas en la Fontana de Trevi, la cabeza en el Panteón de Agrippa y nos perdimos buscando las Termas de Caracalla, todo eso después de haber recorrido parte del Trastévere.

Por cierto que en Roma sigue habiendo centuriones, de esos que llevan armadura y una escoba en el casco.

Tras ver Roma nos pusimos en marcha, esta vez rumbo a cumplir uno de mis sueños. Ahora ya puedo exclamar bien alto: ¡¡He estado en Pompeya!! Que flipé en colorines es decir poco. Se me quitó todo nada más llegar: las agujetas, el resfriado y el cansancio. Es increíble pasear por esas calles e imaginar cómo era la vida de los pompeyanos en el primer siglo de nuestra era, hasta que en el año 79 d. C. el Vesubio los sepultase. La erupción arrasó con todo, podría haber borrado de la faz de la tierra tanto a Pompeya como a Herculano, pero por el contrario lo que hizo fue conservarlas hasta límites insospechados. Pone los pelillos de punta encontrar los moldes de los miles de cadáveres que encontraron enterrados allí.


Me paseé por sus calles empedradas, hice fotos de cada piedra que encontré, cotilleé sus rincones y me sentí como una sacerdotisa al más puro estilo romano.


Todo eso me dio hambre y casi me comí una escultura del templo de Apolo.


Para terminar, y descansar el último día, llegamos a Bari, una ciudad costera con un centro histórico precioso, donde se puede observar la vida cotidiana de los pescadores y su gente sin tanto turista ni grandes aglomeraciones de gente. Fue una pena no tener más tiempo para aprovechar sus playas.

Al final del viaje acabamos muertos, Willy Fog y yo, pero mereció la pena porque han sido unos días inolvidables.

4 comentarios:

  1. ¡Qué cosa más hermosa! Gracias por compartir tu viaje.

    Saludos ^_^

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  2. Italia, qué hermosura de país. Me alegro de que lo pasaras bien. Yo tengo ganas de volver, aunque pienso más en Venecia, porque en Roma y en Florencia ya he estado un par de veces. ¡Quién tuviera más tiempo y dinero!
    Un besote enorme.

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  3. Italia es increíble... y acabas reventado porque tiene tanto que ver que no paras...
    Un saludoooo

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