17 mar. 2010

::Mis frikadas:: Gominolas mágicas



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—¿Has apuntado las gominolas? —preguntó una voz chillona e irritante.
La Señora Resignata levantó la vista cansadamente de su lista de la compra.
—Sí madre… —dijo con paciencia.
Desde el otro lado de la mesa la anciana le miró estrechando los ojos, de esa forma que ella tanto odiaba, como si quisiera reprenderla con la mirada para ahorrarse las palabras.
La Señora Resignata intentó sonreírle amablemente, aunque aquello le resultó realmente difícil a pesar de tener por naturaleza un rostro amable. La rechonchez había sido siempre una de sus características más arraigadas, tanto que desde que tenía uso de razón recordaba toda aquella carne voluminosa y saludable alrededor de ella. Ahora el tiempo había encanecido su pelo y había arrugado su rostro, aún así los kilos contribuían a la excesiva amabilidad que reflejaban sus ojos.
—Seguro que se te olvidan —se quejó su madre. Siempre tenía el ceño fruncido y sus facciones, al contrario que las suyas, eran muy delgadas y parecían haberse secado al sol. Estaba tan arrugada que sus labios habían desaparecido y ahora su boca parecía cartón rizado.
—No madre, no se me olvidan, ya lo he apuntado en la lista ¿ves? —le enseñó el papelito y la anciana se asomó.
A su madre le tembló una ceja.
Ella le devolvió una mirada triunfante. Dejar a esa arpía con la palabra en la boca era lo mejor que le podía pasar en todo el día. Madre e hija nunca se habían llevado bien, sobre todo desde aquel día en que la vieja intentó comerse a Resignata cuando aún era un bebé. Debió sospecharlo desde un principio cuando la bañó en la marmita junto con algunas zanahorias.
—Pero asegúrate de que son de fresa…
Su momento triunfante duró muy poco. Estaba claro que hoy iba a ser uno de esos días.
—Siempre tengo que decírtelo todo yo. ¡Eres un desastre! ¡Mira cómo tienes la cocina! No es decente una cocina así —se quejó.
La Señora Resignata miró a su alrededor.
—Pero si está como los chorros del oro —dijo con un suspiro.
—Ahí está el problema. ¿Qué imagen crees que das? Mis amigas no hacen más que cuchichear, te llaman la herbolaria. ¡Qué vergüenza! ¿Para qué me molesté en enseñarte el oficio? —protestó.
—Me gusta lo que hago —dijo cansada de tener que justificarse—. Ayudar a la gente no es malo.
—¿Qué no es malo? ¡¿Qué no es malo?! La reputación de la familia al traste, eso es lo que estás consiguiendo. La gente hasta se acerca a la cabaña a fisgar. ¡Cuando yo era joven no se acercaban al bosque por miedo a encontrarse conmigo! —dijo con los ojos bien abiertos.
La Señora Resignata arrugó la frente e intentó imaginarse a su madre de joven. Le resultó imposible. Seguramente cuando nació las arrugas y las verrugas ya le venía de serie.
—Los tiempos cambian madre… Ya no se lleva eso de atemorizar a la gente. Con eso sólo conseguiría que viniesen por mí con picas ardientes.
—Eso es porque no te respetan lo suficiente. Si fuera yo les haría crecer alguna que otra pata extra, así es como aprenden. Cuando croan no hablan.
—Me voy al mercado antes de que cierren —Resignata se levantó de la silla y descolgó de la percha su sombrero puntiagudo y de ala ancha.
—Si tu abuela levantase la cabeza. ¿Crees que a ella le importó que la quemaran en la hoguera? ¡Nada de eso! Pero tú eres una torpe, la oveja blanca de la familia… que vergüenza, que vergüenza —negó con la cabeza disgustada mientras ella se ajustaba el gorro con algunas horquillas.
Se detuvo un momento, de espaldas a su madre, cerró los puños con fuerza y se giró enérgica haciendo revolotear su capa negra.
—¡Tú! —la señaló con el dedo.
—¡Oh! —exclamó mirando el dedo rechoncho fijamente.
—¡Vieja cascarrabias! No tengo porqué escucharte. ¿Y tú te llamas bruja? ¿Acaso alguna vez fuiste capaz de hacer alguna poción que durase más de 3 minutos? ¡Y claro que asustabas a la gente! ¿Te has mirado al espejo alguna vez sin que se rompiera?
Su dedo soltó una chispa que fue a prender la cola de Fifí, que dormía en su cesta. La gata salió disparada por la ventana con el rabo ardiendo.
—Ejem —tosió su madre, sentada aún en la silla. Ahora tenía esa cara reconciliadora y complaciente.
La Señora Resignata recogió su dedo, cuando se enfadaba era peligroso.
—Me voy al mercado…
—Que no se te olviden mis gominolas —le recordó su madre con voz amable antes de que saliese por la puerta.
Ella suspiró.
De todos modos su madre siendo un fantasma no tenía demasiados placeres, sólo chincharla y esas gominolas mágicas. Al fin y al cabo, pensó al tiempo que montaba en su escoba, algún día ella también sería ectoplasma traslúcido y querría que alguien le comprase algún capricho.
Con un suspiro levantó el vuelo para ir a por la compra de la semana, y ¿por qué no? a por las gominolas para el fantasma de su madre.



5 comentarios:

  1. qué bueno es este relato ;) Me reído un rato.

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  2. Jajaja al oveja blanca!!
    Me encanta! :D

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  3. Me alegra que os guste. A ver si saco tiempo para hacer algunos relatos más de este estilo.

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  4. Jajaja está muy bien, me gusta mucho tu originalidad, yo no salgo de este paradigma macabro que me he montado yo sola.

    Soy un desastre no contesté antes... creo que voy a optar por contestar en mi blog como hacéis todos! es más fácil...

    Bueno gracias por los piropos, me encanta que te encante Rosalie jajaja Le tengo cierto cariño al personaje, no sé por qué y me gusta que evoque a la ilustración!me encantaría ver mis cosillas ilustradas algún día!

    Bueno, siento el enrrolle....

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  5. Demencia, cada cual tiene su estilo,a mi el tuyo me gusta mucho también. Si algún día tengo algo más de tiempo haré mi versión dibujada de Rosalie y te la haré llegar ;)
    Y no te preocupes por enrollarte demasiado, aquí los que dais vidilla al blog sois vosotros.

    Un abrazo, o mejor, unas cuantas gominolas mágicas for you :)

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