22 abr. 2019

La niña de harina -Parte 6 FINAL-



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-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 3-
-Parte 4- 
-Parte 5-


Pasaron un par de días y Alicia no mejoró, ni siquiera abría los ojos, había caído en un profundo sueño sin posibilidad de retorno. Mientras tanto, Ana se pasaba los días velándola. Había perdido el apetito y la alegría. Cuántas veces pidió a Dios que se la llevase a ella en vez de a la niña, pero sus plegarias de poco sirvieron.

Un atardecer, mientras lloraba junto a su cama, Don Felipe entró en la habitación. El señor de la casa había regresado. Guardó silencio y miró desolado a su hija, con lágrimas en los ojos. En aquel momento su semblante no se parecía al del severo hombre del retrato; la mirada de Don Felipe era cándida y estaba llena de amor y tristeza. Se arrodilló junto a la cama y sostuvo la mano de Alicia, igual que Ana sostenía la otra. Y así, esa noche, velaron juntos a su hija.

Cuando amanecía el primer día de octubre y los gallos cantaron al sol, Alicia murió.


En lugar de una boda se ofició un velatorio. Se acababan de llevar el cuerpo para amortajarlo y meterlo en el pequeño ataúd de madera pero Ana no habría soportado verla dentro de la caja mortuoria y se quedó en habitación de la niña. Todavía creía verla en la cama, tan blanca como la harina, sonriendo deseosa por escuchar sus historias.

Cayó sobre las sábanas con un sollozo y maldijo a Dios por llevársela. Enseguida supo que a sus pensamientos los guiaba la rabia y la impotencia y pidió disculpas porque si Dios se la había llevado habría sido por alguna razón.

Entonces fue cuando encontró la gota de sangre en la almohada. Un punto rojo justo en el centro, pequeño y desvaído. Lo rozó con la mano y la retiró al tiempo que sentía la almohada tan caliente como el lomo de un perro.

«¿Cómo puede ser que todavía esté caliente?» —pensó. Hacía más de una hora que se habían llevado el cuerpo tan frío como un témpano.

Se levantó, y con recelo cogió la almohada. La dejó caer al suelo ahogando un grito cuando notó que pesaba. Sus manos temblaban, su frente se había perlado y su corazón bombeaba frenético a punto de saltar de su pecho. Consiguió dominar el temblor que le recorría los dedos y cogió las tijeras del costurero. Contuvo el aliento y las clavó en la tela para rasgarla y abrirla por la mitad. Espantada, cayó al suelo sintiendo tal pánico que le impidió gritar.

Había una criatura enroscada dentro de la almohada, la misma con la que soñó la primera noche que pasó en la casa. Desde abajo, entre las plumas, le devolvió una mirada vil y sanguinolenta, la carne era del color del tinto y estaba tan cebada como un cerdo antes de una matanza. La cabeza malformada acababa en una pequeña trompa muy fina, como un gusano.

El engendro se tambaleó al levantarse pues no podía andar porque la panza le arrastraba por el suelo. Se deshizo de las plumas y con torpeza escapó por la puerta ante la mirada atónita de Ana, que petrificada y sentada en el suelo, no se atrevió a moverse.

Cuando el monstruo desapareció, Ana cayó en la cuenta de lo pasaba. Se trataba de un demonio, ¿qué otra cosa podía ser? Ese monstruo era un parásito y había estado alimentándose de la vida de Alicia, de su sangre, tal como lo hubiese hecho un impasible vampiro. La rabia tras conocer al asesino de su niña le dio fuerzas para levantarse. Cogió el atizador de la chimenea y fue en busca del monstruo.
Fue fácil seguirlo pues había dejado un rastro parecido al de una babosa gigante. La huella viscosa y maloliente bajaba las escaleras y se adentraba en la cocina para perderse bajo la puerta que daba al sótano. ¿Acaso es que aquel sueño fue una premonición?, se preguntó. Fuera lo que fuese, Ana estaba decidida a acabar con el monstruo y su sed de sangre.

Respiró hondo y llamó al coraje pero al bajar los escalones empezó a dudar. El frío y el silencio la envolvían, además estaba esa extraña fuerza que tiraba de sus entrañas hacia abajo. Había poca luz y apenas distinguió a la criatura. Estaba recostada. Quizás, supuso Ana, esperaba a que la puerta del infierno se abriese para regresar al averno.

Ana no pensaba dejarle escapar. Alzó el atizador de hierro y se acercó. La criatura torció los ojos sanguinos y la miró desde abajo. No intentó huir, tal vez porque era incapaz de moverse después del atracón.

—¡Te enviaré de vuelta al infierno, maldito demonio! —exclamó alzando el hierro. Lo descargó con furia y atravesó al engendro.

El chillido de la criatura le taladró la cabeza pero no se detuvo, por nada del mundo lo habría hecho, mas la mirada cándida de Ana se transformó en insania cuando perdió el control. Apuñaló a la criatura al tiempo que la sangre de Alicia, la sangre de su niña, manaba a borbotones desperdiciándose. Le salpicó el vestido, el rostro, y con una última embestida lo atravesó con tanta fuerza que lo ensartó y clavó el atizador en el suelo.

Soltó el arma y se tapó los oídos porque los gritos de la criatura calaban en su mente como puntas de lanza al rojo vivo. El grito de la muerte la doblegó y Ana se desvaneció.


El alba trajo consigo una brisa helada a los campos y una neblina que cubría las copas de los árboles y diluía el horizonte, donde los ladridos de los perros llenaban el silencio.

—¡La hemos encontrado! —Se escuchó vociferar a uno de los mozos.

Don Felipe bajó aprisa los escalones del caserón, con el rostro congestionado por la preocupación y la falta de sueño.

—¡Ana! —La sostuvo en sus brazos.

Llevaba desaparecida varios días durante los cuales Don Felipe la había buscado sin descanso. Justo cuando la daban por muerta, ya que las noches cada vez se tornaban más frías en el monte, la habían encontrado con vida. El pelo lo tenía encrespado y desecho y su ropa estaba rasgada, manchada de barro y mugre. Pero lo peor no era el aspecto de Ana, ni su joven rostro desencajado, sino la mirada vacía y perdida.

—He matado al demonio… —farfulló Ana—. He matado…

—¡Santo cielo! ¡Está ida! —se lamentó Don Felipe.

—He matado…

A partir de ese día Ana no volvió a mediar palabra, se pasaba los días en silencio, sentada junto a una ventana mirando a ninguna parte. Después de muchos intentos, y después de no conseguir ninguna señal de conciencia, Don Felipe empezó a lamentar que su joven y bella prometida hubiera perdido el juicio.

Una tarde el ama de llaves la condujo del brazo hasta la puerta de la casa. Allí la estaba esperando Don Felipe, en esta ocasión para despedirla. En el camino había un carro negro tirado por un jamelgo viejo que la esperaba con la portezuela abierta.

—No se preocupe, Don Felipe, estará bien atendida —dijo un hombre que lucía bigote y traje negro.

—Adiós, Ana. —Don Felipe se despidió de su silenciosa prometida con un beso en la frente.

Luego la subieron al carruaje y el hombre de negro cerró la puerta con llave. Sobre la portezuela, con letras desvaídas, podía leerse: «Sanatorio San Buenaventura».

Cuando el carro se puso en marcha con un traqueteo, Ana se asomó a través de los barrotes. Sonrió a la niña de harina que se despedía de ella desde la ventana de su habitación.

Ana levantó la mano y dijo adiós.

FIN

2 comentarios:

  1. Ays, vaya final! Y yo que creía que iba a acabar bien... Pero me ha gustado! Ha quedado mejor así. Y me has sorprendido!
    Besotes!!!

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    Respuestas
    1. Las historias de terror ya se sabe XD
      Gracias por leerla hasta el final. Me alegra que te gustara.

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