15 abr. 2019

La niña de harina -Parte 4-



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-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 3-
-Parte 5-
-Parte 6-

El tiempo seguía su curso con prisas, como siempre, y los días empezaron a escaparse uno tras otro. El mes de octubre estaba cada vez más próximo, sin embargo Ana había dejado de temer su llegada y la niña tenía mucho que ver. Cada mañana visitaba a Alicia y le amenizaba las horas con sus historias de cortesanos, a la niña le fascinaba escucharla pero una tarde, ya entrado el mes de septiembre, Ana decidió que era un día demasiado bonito para estar encerradas y ordenó a dos mozos que sacasen a Alicia para poder merendar en el patio.

Como la niña estaba tan débil y no debía hacer esfuerzos, la sacaron cargándola en una silla. El ama clamó al cielo cuando las vio sentadas fuera, bebiendo limonada, pero Ana insistió en que Alicia tomase un poco el aire. Pasaron una tarde de lo más divertida hasta que el cielo se coloreó de naranjas y rojizos, empezó a nublarse y a chispear. Después cayó un chaparrón.

Alicia no paraba de reír mientras los mozos corrían con ella sobre la silla de vuelta a la casa.

—¡Qué contratiempo! —exclamó Ana sosteniendo su sombrero—. No tiene gracia, Alicia. —Tras la regañina la niña rió hasta enrojecer y Ana también carcajeó con ella.

Se desató una tormenta de las que arrecian los montes en esa época del año, tan tremenda que el suelo crepitaba bajo los zapatos. Alicia, temerosa de los truenos, pidió a Ana que la dejase dormir con ella. Tampoco hizo falta que rogara demasiado porque a Ana le encantó la idea.

—Deja que te peine —decía pasando el cepillo por los hilos dorados—. Qué pelo más bonito.

—El tuyo me gusta más —dijo la niña—. Ojalá lo tuviese negro también.

Ana le pasó el cepillo varias veces y luego se lo recogió en un moño. Al apartar la melena vio que tenía un punto rojo en la base del cuello, justo debajo de donde nacía el pelo.

—Parece que te ha picado algún insecto, ¿te duele? —preguntó.

—Ni lo había notado —negó con la cabeza.

—Está bien, señorita, ¡a dormir!

Esa noche, después de rezar sus plegarias, durmieron arropadas y no les importó que la tormenta resonase fuera.

A partir de entonces, noche tras noche, Alicia suplicaba a Ana que la dejase dormir con ella, a la niña le gustaba tanto su compañía que no quería apartarse de su lado ni un minuto. También, cada día, Alicia se sentía con más fuerzas; sus mejillas se tornaban del color de las manzanas maduras, sus ojeras se iban destiñendo y su cara se redondeaba al coger peso. Incluso andaba sin ayuda y bajaba al jardín a por flores para Ana. La propia Ana se sentía dichosa al verla recuperar sus fuerzas, una niña no debía estar encerrada tanto tiempo, eso no era sano para nadie.

Dado que Alicia había recuperado parte de su independencia, los últimos días habían sido más ajetreados de lo normal. Ana siempre estaba atenta a la niña, que no paraba quieta ni un segundo. Por la noche caían rendidas, aunque esa noche algo las despertó cuando el reloj dio las doce. Fue un bramido lo que tiñó el silencio y las despertó.

Ana se incorporó sobre la cama y enseguida encendió el quinqué que tenía en la mesilla de noche. Escucharon golpes y a los mozos que vociferaban afuera.

—Ana, ¿qué fue eso? —preguntó Alicia con la manta agarrada hasta el cuello.

—No lo sé, iré a ver —dijo al tiempo que se levantaba.

—¡No me dejes sola! —La niña estaba atemorizada.

—Tranquila, seguro que no es nada.

Abrió la puerta de la habitación y el mayordomo, que justo pasaba por el corredor, se detuvo para decirle:

—Quédese en su habitación, Doña Ana.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Ha entrado una alimaña en la cuadra. Pero no se alarme, los mozos la están buscando.

El mayordomo se marchó apresurado y Ana regresó a la habitación. Se aseguró de que la puerta estuviese bien cerrada y estuvo tentada de atrancarla con algún mueble. Enseguida pensó que era una idea un poco tonta, fruto de la histeria. Tenía que tranquilizarse, si Alicia notaba que estaba nerviosa se asustaría. De cualquier modo, pensó, el animal solo había entrado en la cuadra y dudaba que un animal salvaje se atreviese a subir al piso de arriba. Posiblemente los mozos darían cuenta de él antes.

—Duérmete, cielo, no pasa nada.

Arropó a la niña y fue hasta la ventana. Los montes le devolvieron una mirada fría y opaca, no había luna y estaban sumidos en la oscuridad más absoluta. Si acaso se apreciaban las siluetas de las encinas, recortadas contra el horizonte. Todo parecía en calma, como suspendido en el tiempo, por eso notó los arbustos agitarse bajo el ventanal.

Lo que vio le congeló el aliento. Era la criatura de su pesadilla, repugnante y aterradora al mismo tiempo por lo deforme y su aspecto indefinible. Tampoco tuvo tiempo de examinarla mejor pues la bestia, que era del tamaño de un gato de buena crianza, se adentró en la maleza.

Ana abrió la ventana para vociferar:

—¡Está aquí! ¡Se internó en el bosque!

Un par de mozos aparecieron enseguida y desde abajo le preguntaron hacia dónde se había ido.

—Se fue por allí —señaló a la oscuridad.

Los mozos fueron tras el animal cargados con los rifles.

Ya más calmada, cerró la ventana y los postigos y volvió a la cama. No dejaba de repetirse que aquella criatura era un animal salvaje, nada más, un gato montés o tal vez un lobo. Fuera estaba demasiado oscuro y era posible que sus nervios le hubiesen jugado una mala pasada.

«Los demonios no existen», pensó, y sus párpados se cerraron.

Continuará...
En unos días publicaré la siguiente parte.

2 comentarios:

  1. Pues fue una pesadilla... Pero aún se puede convertir en algo real, por lo que veo. Me está gustando Alicia, pero ese puntito rojo tiene que significar algo, supongo.
    Besotes!!!

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    Respuestas
    1. Uyuyuiiii queda muy poquito para el final.
      Mi idea es acabar de subirla durante esta semana, solo quedan 2 partes más para averiguar si es real o pesadilla:P

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