24 may. 2019

Para leer: Agónico carmesí, de Josep Játiva y Laura Burgos



Reconozco que esto no me lo esperaba. Me había hecho una idea sobre Agónico carmesí y lo que vendría a contar pero resulta que es una historia muy diferente a lo que tenía en mente. Y muy loca.

"Su obsesión por el color carmesí, la sumerge en un mundo de depravación donde ella es la pieza clave en una profecía demoníaca con intenciones eróticas. Amor, deseo y muerte se mezclan en esta experiencia de terror con tintes románticos".

Es una novela corta, más cercana al relato, narrada en primera persona por una joven obsesionada por la sangre, la violencia, el sexo y la muerte. La narración es vertiginosa, apenas da tregua porque los acontecimientos se suceden casi sin pausa, por lo que se lee del tirón. Lo que deja bien claro es que la protagonista es esclava de sus instintos, los cuales florecieron tras conocer al "amor de su vida": un psicópata, asesino en serie, que esconde un oscuro secreto. Sangre, sexo y amor sadomasoquista era lo que esperaba encontrar pero la verdad es que la historia de la pareja de asesinos acaba demasiado pronto y de forma abrupta. Esto desencadena la ira de la protagonista, eso sí, que jura vengar a su amado y destruir a las criaturas que se lo arrebataron.

Íncubos, ¿te lo puedes creer? Esto es lo que no me esperaba. Resulta que los que ponen patas arriba la vida de la chica son una especie de demonios sexuales, en realidad humanos corrompidos por sus deseos más oscuros, que pretenden hacer cumplir una profecía que vaticina el advenimiento de una antigua diosa de la sangre y el sexo. A mí me recordaron a los vampiros de The strain, porque al fin y al cabo son alimañas dominadas por el instinto de reproducción y que ansían el placer a toda costa, ya sea a través del dolor, la sangre o el sexo. Claro que en lugar de una lengua larga... Ya os podéis imaginar. ¿Os acordáis de un manga que se llamaba Urotsukidoji y que muchos vimos a escondidas cuando niños? Aparecían unos demonios que se cargaban a la gente reventándolos con sus penes hipertrofiados y gigantescos (eso es lo que recuerdo, supongo que también tendría su historia detrás). Pues bien, es inevitable acordarse de esta película cuando lees Agónico carmesí.

Son pocos los personajes que aparecen en la historia, tampoco creo que necesite más. Cada uno de ellos, incluida la protagonista, tienen unas características muy definidas conforme a sus papeles pero en realidad, al terminar, tuve la sensación de que no llegué a conocer bien a ninguno de ellos. Cada cual tiene sus motivaciones pero los autores no indagan más allá. Algo parecido ocurre con los temas que trata, que no son pocos. Es evidente que el hilo principal es la lucha contra los íncubos y los acontecimientos que llevan a la prota hasta su inevitable destino, pero habría estado bien frenar un poco y detenerse en ciertas cuestiones sobre las que la narración pasa de puntillas. Como por ejemplo la libertad sexual y de expresión de la mujer o el sadomasoquismo, el cual siempre está presente pero que a la hora de verdad solo retrata el sadismo. También tiene su parte de crítica social con la que es inevitable sentirse identificado.

A los aficionados del gore o las películas de serie B les va a encantar esta historia, aunque si esperas páginas cargadas de erotismo, siento decirlo pero se queda corta, pues el sadismo le da una paliza. Es el indiscutible protagonista de Agónico carmesí.

Esta historia la tienes disponible en Amazon.

30 abr. 2019

Novedad editorial

Hace mucho que no traigo ninguna novedad editorial pero a esta tengo que hacerle un hueco y compartirla con vosotros porque es de un autor cuya primera novela me encantó. Tenéis la reseña de No fue por casualidad en el archivo del blog.

Esta vez nos presenta Agónico carmesí, una novela autoeditada y escrita a dos plumas por Josep Játiva y Laura Burgos que mezcla terror y erótica. ¡Anda que no! Promete ser muy heavy así que en cuanto pueda le hincaré el diente. 

 
Sinopsis: Su obsesión por el color carmesí, la sumerge en un mundo de depravación donde ella es la pieza clave en una profecía demoníaca con intenciones eróticas. Amor, deseo y muerte se mezclan en esta experiencia de terror con tintes románticos.

Una oportunidad para adentrarse en el interior de una mente dominada por un deseo más fuerte que el amor, la sed de sangre.

Una historia de amor para los amantes del terror. ¿Te ves capaz de sobrevivir a esta ola de acontecimientos carmesí?

La novela ha sido escrita en primera persona para que el lector pueda experimentar tanto el dolor como el placer de una manera lo más realista posible. Adoptando, de este modo, el rol de su protagonista.

Una autopublicación sin censura donde poder vivir una experiencia perturbadora en su totalidad. 

22 abr. 2019

La niña de harina -Parte 6 FINAL-



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-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 3-
-Parte 4- 
-Parte 5-


Pasaron un par de días y Alicia no mejoró, ni siquiera abría los ojos, había caído en un profundo sueño sin posibilidad de retorno. Mientras tanto, Ana se pasaba los días velándola. Había perdido el apetito y la alegría. Cuántas veces pidió a Dios que se la llevase a ella en vez de a la niña, pero sus plegarias de poco sirvieron.

Un atardecer, mientras lloraba junto a su cama, Don Felipe entró en la habitación. El señor de la casa había regresado. Guardó silencio y miró desolado a su hija, con lágrimas en los ojos. En aquel momento su semblante no se parecía al del severo hombre del retrato; la mirada de Don Felipe era cándida y estaba llena de amor y tristeza. Se arrodilló junto a la cama y sostuvo la mano de Alicia, igual que Ana sostenía la otra. Y así, esa noche, velaron juntos a su hija.

Cuando amanecía el primer día de octubre y los gallos cantaron al sol, Alicia murió.


En lugar de una boda se ofició un velatorio. Se acababan de llevar el cuerpo para amortajarlo y meterlo en el pequeño ataúd de madera pero Ana no habría soportado verla dentro de la caja mortuoria y se quedó en habitación de la niña. Todavía creía verla en la cama, tan blanca como la harina, sonriendo deseosa por escuchar sus historias.

Cayó sobre las sábanas con un sollozo y maldijo a Dios por llevársela. Enseguida supo que a sus pensamientos los guiaba la rabia y la impotencia y pidió disculpas porque si Dios se la había llevado habría sido por alguna razón.

Entonces fue cuando encontró la gota de sangre en la almohada. Un punto rojo justo en el centro, pequeño y desvaído. Lo rozó con la mano y la retiró al tiempo que sentía la almohada tan caliente como el lomo de un perro.

«¿Cómo puede ser que todavía esté caliente?» —pensó. Hacía más de una hora que se habían llevado el cuerpo tan frío como un témpano.

Se levantó, y con recelo cogió la almohada. La dejó caer al suelo ahogando un grito cuando notó que pesaba. Sus manos temblaban, su frente se había perlado y su corazón bombeaba frenético a punto de saltar de su pecho. Consiguió dominar el temblor que le recorría los dedos y cogió las tijeras del costurero. Contuvo el aliento y las clavó en la tela para rasgarla y abrirla por la mitad. Espantada, cayó al suelo sintiendo tal pánico que le impidió gritar.

Había una criatura enroscada dentro de la almohada, la misma con la que soñó la primera noche que pasó en la casa. Desde abajo, entre las plumas, le devolvió una mirada vil y sanguinolenta, la carne era del color del tinto y estaba tan cebada como un cerdo antes de una matanza. La cabeza malformada acababa en una pequeña trompa muy fina, como un gusano.

El engendro se tambaleó al levantarse pues no podía andar porque la panza le arrastraba por el suelo. Se deshizo de las plumas y con torpeza escapó por la puerta ante la mirada atónita de Ana, que petrificada y sentada en el suelo, no se atrevió a moverse.

Cuando el monstruo desapareció, Ana cayó en la cuenta de lo pasaba. Se trataba de un demonio, ¿qué otra cosa podía ser? Ese monstruo era un parásito y había estado alimentándose de la vida de Alicia, de su sangre, tal como lo hubiese hecho un impasible vampiro. La rabia tras conocer al asesino de su niña le dio fuerzas para levantarse. Cogió el atizador de la chimenea y fue en busca del monstruo.
Fue fácil seguirlo pues había dejado un rastro parecido al de una babosa gigante. La huella viscosa y maloliente bajaba las escaleras y se adentraba en la cocina para perderse bajo la puerta que daba al sótano. ¿Acaso es que aquel sueño fue una premonición?, se preguntó. Fuera lo que fuese, Ana estaba decidida a acabar con el monstruo y su sed de sangre.

Respiró hondo y llamó al coraje pero al bajar los escalones empezó a dudar. El frío y el silencio la envolvían, además estaba esa extraña fuerza que tiraba de sus entrañas hacia abajo. Había poca luz y apenas distinguió a la criatura. Estaba recostada. Quizás, supuso Ana, esperaba a que la puerta del infierno se abriese para regresar al averno.

Ana no pensaba dejarle escapar. Alzó el atizador de hierro y se acercó. La criatura torció los ojos sanguinos y la miró desde abajo. No intentó huir, tal vez porque era incapaz de moverse después del atracón.

—¡Te enviaré de vuelta al infierno, maldito demonio! —exclamó alzando el hierro. Lo descargó con furia y atravesó al engendro.

El chillido de la criatura le taladró la cabeza pero no se detuvo, por nada del mundo lo habría hecho, mas la mirada cándida de Ana se transformó en insania cuando perdió el control. Apuñaló a la criatura al tiempo que la sangre de Alicia, la sangre de su niña, manaba a borbotones desperdiciándose. Le salpicó el vestido, el rostro, y con una última embestida lo atravesó con tanta fuerza que lo ensartó y clavó el atizador en el suelo.

Soltó el arma y se tapó los oídos porque los gritos de la criatura calaban en su mente como puntas de lanza al rojo vivo. El grito de la muerte la doblegó y Ana se desvaneció.


El alba trajo consigo una brisa helada a los campos y una neblina que cubría las copas de los árboles y diluía el horizonte, donde los ladridos de los perros llenaban el silencio.

—¡La hemos encontrado! —Se escuchó vociferar a uno de los mozos.

Don Felipe bajó aprisa los escalones del caserón, con el rostro congestionado por la preocupación y la falta de sueño.

—¡Ana! —La sostuvo en sus brazos.

Llevaba desaparecida varios días durante los cuales Don Felipe la había buscado sin descanso. Justo cuando la daban por muerta, ya que las noches cada vez se tornaban más frías en el monte, la habían encontrado con vida. El pelo lo tenía encrespado y desecho y su ropa estaba rasgada, manchada de barro y mugre. Pero lo peor no era el aspecto de Ana, ni su joven rostro desencajado, sino la mirada vacía y perdida.

—He matado al demonio… —farfulló Ana—. He matado…

—¡Santo cielo! ¡Está ida! —se lamentó Don Felipe.

—He matado…

A partir de ese día Ana no volvió a mediar palabra, se pasaba los días en silencio, sentada junto a una ventana mirando a ninguna parte. Después de muchos intentos, y después de no conseguir ninguna señal de conciencia, Don Felipe empezó a lamentar que su joven y bella prometida hubiera perdido el juicio.

Una tarde el ama de llaves la condujo del brazo hasta la puerta de la casa. Allí la estaba esperando Don Felipe, en esta ocasión para despedirla. En el camino había un carro negro tirado por un jamelgo viejo que la esperaba con la portezuela abierta.

—No se preocupe, Don Felipe, estará bien atendida —dijo un hombre que lucía bigote y traje negro.

—Adiós, Ana. —Don Felipe se despidió de su silenciosa prometida con un beso en la frente.

Luego la subieron al carruaje y el hombre de negro cerró la puerta con llave. Sobre la portezuela, con letras desvaídas, podía leerse: «Sanatorio San Buenaventura».

Cuando el carro se puso en marcha con un traqueteo, Ana se asomó a través de los barrotes. Sonrió a la niña de harina que se despedía de ella desde la ventana de su habitación.

Ana levantó la mano y dijo adiós.

FIN

17 abr. 2019

La niña de harina -Parte 5-



También lo puedes leer en WATTPAD

-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 3-
-Parte 4- 
-Parte 6-

A la mañana siguiente se despertó temprano y se apresuró a vestirse para ver si habían dado caza al animal. Las criadas cuchicheaban cuando entró en el salón y al verla guardaron silencio, por eso Ana preguntó:
—¿Consiguieron atrapar al animal?
—Ay, señora, todavía no han vuelto los mozos —dijo una de las chicas, la más joven—. Si viera lo que esa bestia les hizo a los caballos… ¡Los ha destrozao! Es terrible. Terrible.
—Nos han dicho que no salgamos de la casa hasta que vuelvan —dijo la otra mujer.
—Mi pobre Miguel… —llorisqueaba la más joven—. Ya deberían haber vuelto. ¡Se me lo han comío!
—¡Tranquilizaos! —imperó el ama de llaves, cansada de tanto lloriqueo.
—¡Pero es que usted no lo ha visto! Está todo lleno de sangre y de tripas. ¿Qué animal es capaz de hacer eso?
—Un lobo. —El mayordomo acababa de entrar en el salón. —Lo que queda de él está en el porche.
Entre las criadas se armó un revuelo tremendo. Salieron a tropel para ver la pieza de caza y Ana, todavía escéptica, las siguió. Fuera estaban los mozos con los rostros fatigados después de haber pasado una noche entera buscando a la bestia. Por lo visto a Miguel no se lo había comido nadie y ahora su novia, sin embargo, se lo estaba comiendo a besos.
En el suelo, al pie de la escalinata, estaba el cadáver del lobo. Un ejemplar precioso de pelaje gris, con unas garras grandes como palas y unas fauces estremecedoras repletas de dientes puntiagudos. La boca estaba entreabierta y un hilillo de sangre manchaba el suelo. Le habían matado de un disparo. La fiera impresionaba, pero Ana estaba segura de que no era la criatura que había visto desde su ventana. El animal que vio no era ni la mitad de grande que aquel.
—Este lobo no es al que vi desde la ventana —dijo.
—Es posible que lo que usted vio fuera un gato, hay muchos por aquí.
—No era un gato, estoy segura.
—Quizás un zorro —dijo el mozo—. La cosa es que ya hemos cazao al bicho —añadió con orgullo.
Estaban contentos de haber cazado al monstruo y todos parecían satisfechos por lo que no iban a considerar que aquel lobo no fuera el artífice de tan macabra matanza. El único rostro en el que se reflejó la duda fue en el de Ana.
Cierta o no, su desconfianza se disipó con los días. No volvieron a sufrir ningún ataque por lo que Ana también acabó creyendo que fue el lobo el que había atacado a los caballos y no una criatura venida del averno.
Quedaban un par de semanas para la boda y, a pesar de todo, había dejado atrás sus primeras impresiones y el miedo. Dejó de temer su inminente matrimonio pues a esas alturas no concebía separase de Alicia, quería a la niña como si fuese su propia hija. La boda se acercaba y consideró que iba siendo hora de moderar la costumbre de la niña de dormir con ella. A Ana no le molestaba su compañía, más bien lo contrario, pero cuando se casara no cabrían los tres en la cama. Intentó explicárselo a Alicia pero la niña pataleó, gritó y lloró para que la dejasen dormir con su queridísima Ana. Por más que protestó, tuvo que conformarse y volver a su habitación.
Ana se sintió un poco culpable por todo aquello, además echaba de menos tener a la niña a su lado, por eso, cuando despertó por la mañana, lo primero que hizo fue ir en busca de Alicia. El ama de llaves salía por la puerta de la habitación de la niña con el rostro desolado.
—Qué desgracia… —farfullaba.
—¿Qué ocurre?
—La señorita Alicia ha recaído.
—¡No puede ser posible! Ayer estaba bien.
No la creyó pero la verdad le abofeteó cuando entró en la alcoba y vio a la niña tan pálida como el día que la conoció. El médico la acompañaba y en ese momento recogía el maletín.
—No puedo hacer más por ella —dijo el doctor, pesaroso.
—Doctor, ayer estaba bien, hasta correteaba por el patio. —Todavía Ana se negaba a que fuese posible tal recaída.
El médico negó con la cabeza desestimando toda esperanza.
—Ni siquiera despierta —dijo—. Creo que deberían avisar a su padre, es posible que no pase de esta semana.
Ana se echó a llorar.
—No es posible…
Se marchó corriendo, angustiada. No podía ser cierto que su Alicia fuera a abandonarla. Llegó a la capilla, clavó las rodillas en el suelo y suplicó a la cruz por su niña. Ese día no comió, no bebió, tan solo rezó hasta que cayó la noche sobre ella.

Continuará...
El viernes publicaré la última parte. ¡No te la pierdas!


15 abr. 2019

La niña de harina -Parte 4-



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-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 3-
-Parte 5-
-Parte 6-

El tiempo seguía su curso con prisas, como siempre, y los días empezaron a escaparse uno tras otro. El mes de octubre estaba cada vez más próximo, sin embargo Ana había dejado de temer su llegada y la niña tenía mucho que ver. Cada mañana visitaba a Alicia y le amenizaba las horas con sus historias de cortesanos, a la niña le fascinaba escucharla pero una tarde, ya entrado el mes de septiembre, Ana decidió que era un día demasiado bonito para estar encerradas y ordenó a dos mozos que sacasen a Alicia para poder merendar en el patio.

Como la niña estaba tan débil y no debía hacer esfuerzos, la sacaron cargándola en una silla. El ama clamó al cielo cuando las vio sentadas fuera, bebiendo limonada, pero Ana insistió en que Alicia tomase un poco el aire. Pasaron una tarde de lo más divertida hasta que el cielo se coloreó de naranjas y rojizos, empezó a nublarse y a chispear. Después cayó un chaparrón.

Alicia no paraba de reír mientras los mozos corrían con ella sobre la silla de vuelta a la casa.

—¡Qué contratiempo! —exclamó Ana sosteniendo su sombrero—. No tiene gracia, Alicia. —Tras la regañina la niña rió hasta enrojecer y Ana también carcajeó con ella.

Se desató una tormenta de las que arrecian los montes en esa época del año, tan tremenda que el suelo crepitaba bajo los zapatos. Alicia, temerosa de los truenos, pidió a Ana que la dejase dormir con ella. Tampoco hizo falta que rogara demasiado porque a Ana le encantó la idea.

—Deja que te peine —decía pasando el cepillo por los hilos dorados—. Qué pelo más bonito.

—El tuyo me gusta más —dijo la niña—. Ojalá lo tuviese negro también.

Ana le pasó el cepillo varias veces y luego se lo recogió en un moño. Al apartar la melena vio que tenía un punto rojo en la base del cuello, justo debajo de donde nacía el pelo.

—Parece que te ha picado algún insecto, ¿te duele? —preguntó.

—Ni lo había notado —negó con la cabeza.

—Está bien, señorita, ¡a dormir!

Esa noche, después de rezar sus plegarias, durmieron arropadas y no les importó que la tormenta resonase fuera.

A partir de entonces, noche tras noche, Alicia suplicaba a Ana que la dejase dormir con ella, a la niña le gustaba tanto su compañía que no quería apartarse de su lado ni un minuto. También, cada día, Alicia se sentía con más fuerzas; sus mejillas se tornaban del color de las manzanas maduras, sus ojeras se iban destiñendo y su cara se redondeaba al coger peso. Incluso andaba sin ayuda y bajaba al jardín a por flores para Ana. La propia Ana se sentía dichosa al verla recuperar sus fuerzas, una niña no debía estar encerrada tanto tiempo, eso no era sano para nadie.

Dado que Alicia había recuperado parte de su independencia, los últimos días habían sido más ajetreados de lo normal. Ana siempre estaba atenta a la niña, que no paraba quieta ni un segundo. Por la noche caían rendidas, aunque esa noche algo las despertó cuando el reloj dio las doce. Fue un bramido lo que tiñó el silencio y las despertó.

Ana se incorporó sobre la cama y enseguida encendió el quinqué que tenía en la mesilla de noche. Escucharon golpes y a los mozos que vociferaban afuera.

—Ana, ¿qué fue eso? —preguntó Alicia con la manta agarrada hasta el cuello.

—No lo sé, iré a ver —dijo al tiempo que se levantaba.

—¡No me dejes sola! —La niña estaba atemorizada.

—Tranquila, seguro que no es nada.

Abrió la puerta de la habitación y el mayordomo, que justo pasaba por el corredor, se detuvo para decirle:

—Quédese en su habitación, Doña Ana.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Ha entrado una alimaña en la cuadra. Pero no se alarme, los mozos la están buscando.

El mayordomo se marchó apresurado y Ana regresó a la habitación. Se aseguró de que la puerta estuviese bien cerrada y estuvo tentada de atrancarla con algún mueble. Enseguida pensó que era una idea un poco tonta, fruto de la histeria. Tenía que tranquilizarse, si Alicia notaba que estaba nerviosa se asustaría. De cualquier modo, pensó, el animal solo había entrado en la cuadra y dudaba que un animal salvaje se atreviese a subir al piso de arriba. Posiblemente los mozos darían cuenta de él antes.

—Duérmete, cielo, no pasa nada.

Arropó a la niña y fue hasta la ventana. Los montes le devolvieron una mirada fría y opaca, no había luna y estaban sumidos en la oscuridad más absoluta. Si acaso se apreciaban las siluetas de las encinas, recortadas contra el horizonte. Todo parecía en calma, como suspendido en el tiempo, por eso notó los arbustos agitarse bajo el ventanal.

Lo que vio le congeló el aliento. Era la criatura de su pesadilla, repugnante y aterradora al mismo tiempo por lo deforme y su aspecto indefinible. Tampoco tuvo tiempo de examinarla mejor pues la bestia, que era del tamaño de un gato de buena crianza, se adentró en la maleza.

Ana abrió la ventana para vociferar:

—¡Está aquí! ¡Se internó en el bosque!

Un par de mozos aparecieron enseguida y desde abajo le preguntaron hacia dónde se había ido.

—Se fue por allí —señaló a la oscuridad.

Los mozos fueron tras el animal cargados con los rifles.

Ya más calmada, cerró la ventana y los postigos y volvió a la cama. No dejaba de repetirse que aquella criatura era un animal salvaje, nada más, un gato montés o tal vez un lobo. Fuera estaba demasiado oscuro y era posible que sus nervios le hubiesen jugado una mala pasada.

«Los demonios no existen», pensó, y sus párpados se cerraron.

Continuará...
En unos días publicaré la siguiente parte.

La niña de harina -Parte 3-



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-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 4- 
-Parte 5-
-Parte 6-


Cuando despertó estaba en su cama. Respiraba agitada y no estaba segura de si había gritado de verdad o solo en la pesadilla. Habría sido muy embarazoso que le hubiesen escuchado los criados. Como nadie acudió, supuso que la escena ocurrió en el mundo de Morfeo. Con todo, la pesadilla había sido tan real que todavía sentía el pecho oprimido y la boca amarga.

Tic, tic, tic, tic…

Estuvo a punto de vomitar el corazón al escuchar aquello.

—Que tonta… Son los pájaros en la ventana —dijo en voz alta, los gorriones picoteaban el cristal.
Más tarde, y cuando se hubo arreglado, bajó a desayunar. Otra vez comió sola. Después el ama de llaves le comunicó que podía conocer a la señorita Alicia, la hija de Don Felipe y de la que Ana se había olvidado por completo en cuanto cruzó el umbral de la casa. Quizás fuera por el silencio que había en la casa, pues no invitaba a pensar que hubiese por allí una niña.

—La señorita Alicia está muy enferma —decía el ama mientras la acompañaba a la habitación de la niña—. Es mejor no agotarla demasiado, es necesario que descanse, así que preséntese y retírese lo antes posible.

A Ana no le gustó el tono autoritario de la sirvienta. Era un hecho que dentro de un par de meses ella sería la señora de la casa y le debía guardar respeto.

—Está bien —asintió Ana. No quiso darle importancia pero esperaba que no se volviese a repetir.

Pasó al cuarto después de que el ama abriese la puerta y notó que el aire estaba viciado, como si nunca ventilaran la habitación. Las muñecas, los ositos de trapo y demás juguetes estaban ordenados en las estanterías y daba la impresión de que nunca jugaban con ellos. La niña estaba en la cama, arropada con las mantas, menuda en la inmensidad acolchada como una ramita seca en mitad de un arenal.

—Señorita Alicia, tiene visita —anunció el ama.

La pequeña se incorporó con la ayuda de la sirvienta, que manejaba a la criatura con mano experta.
A Ana le impresionó la delgadez de la niña. Sabía que tenía ocho años pero parecía mucho más pequeña porque sus brazos eran tan finos como las ramitas de un arbusto. Tenía una preciosa melena rizada y pajiza y sus ojos brillaban como dos canicas color caramelo. Resultaba triste la mirada ensombrecida mientras que las ojeras daban algo de color al rostro de la niña, que era de tez pálida. Alicia era tan blanca que Ana pensó que estaba hecha de harina.
 Ella sonrió del modo inocente que solo un niño sabe.

—Hola, Alicia —dijo Ana.

—Me alegra mucho que haya venido a verme —dijo la niña. Parecía ilusionada de tener otra compañía que no fuese un ama de llaves tan cascarrabias.

—Ahora debe descansar, señorita. Doña Ana volverá más tarde a verla —dijo el ama.

—¡Oh, no! —se quejó la niña con disgusto—. Quédese un rato, por favor.

Ana miró al ama, que con gesto agrio desaprobó la idea. Pero no pensaba darle el gusto de complacerla de nuevo.

—Me quedaré un poco a hacerte compañía —dijo finalmente.

—¡Bien!

El ama alzó la nariz puntiaguda, con el pecho henchido en protestas.

—Puede retirarse —se apresuró Ana antes de que objetase nada.

La mujer no pudo hacer otra cosa así que se marchó y las dejó solas.

—Es una vieja gruñona —dijo Alicia arrugando la nariz.

—Si le damos una escoba pasaría por bruja.

Las dos rieron a carcajadas al imaginarse al ama con un sombrero de pico y volando en escoba.

Pasaron el resto de la mañana juntas y Ana le contó muchas cosas sobre la vida en la ciudad, sobre las fiestas y las aventuras de la corte. También le habló de los apuestos caballeros y sus preciosos corceles, de los poetas, de la alegría y el colorido de un mundo fantástico y tantas cosas sobre las que Alicia jamás había oído hablar.

—No te imaginas cuánta gente se pasea por las calles de Madrid —le decía a la niña, que la escuchaba con toda su atención.

No era difícil impresiona a Alicia, ella jamás había salido de la casa, ni de las tierras de su padre, ya que desde pequeña había sido una niña enfermiza. Por lo que le contó, Alicia había heredado el mal de su madre, que murió por una extraña enfermedad que ni los médicos supieron diagnosticar. Las historias de la niña eran mucho más tristes que las de Ana. También le contó que su madre había muerto siendo ella muy pequeña, al igual que su hermano menor, que sufrió un desgraciado accidente cuando montaba en poni. Desde aquella segunda desgracia, su padre cada vez pasaba menos por casa, siempre estaba de viaje y le veía muy poco. Desde que Alicia recordaba había estado enclaustrada entre las paredes de su habitación y la única compañía que había conocido era la de las sirvientas y el ama de llaves.

Su relato consiguió estremecer a Ana, que no quería imaginar lo terrible que era estar atrapada en un mundo tan triste y solitario.

—A veces las oigo susurrar —dijo Alicia en voz baja.

—¿A quiénes? —preguntó Ana en el mismo tono de voz.

—A las criadas. A veces me hago la dormida para escucharlas.

—¿Y qué dicen?

—Dicen que esta familia está maldita. Que mi padre vendió su alma al diablo por su fortuna y por eso nos ha condenado a todos.

Ana se frotó los brazos al rememorar la pesadilla que tuvo esa misma noche. Si lo que había visto en el sueño no era la entrada al infierno, debía ser una de las ventanas.

—Mi querida Alicia —dijo—. No debes creer esas cosas. La gente del campo es muy supersticiosa y a veces se dejan engatusar por cuentos.

—¿Y por qué estoy enferma entonces?

—Eso únicamente lo sabe Dios —aseveró—. A partir de hoy rezaremos todos los días, seguro que nos escuchará.

—¿De verdad?

—Claro. Ahora tienes que dormir un poco.

—No…

—Debes descansar para ponerte buena —insistió.

—Está bien… Pero, ¿vendrás luego a verme?

—Estaré aquí para la hora de la merienda. —Le besó la frente y se marchó antes de que el ama volviese para reñirles por tanta cháchara.

Continuará...
En unos días publicaré la siguiente parte.

9 abr. 2019

La niña de harina -Parte2-



También lo puedes leer en WATTPAD

-Parte 1-
-Parte 3-
-Parte 4- 
-Parte 5-
-Parte 6-


El ama hizo un gesto a los mozos para que descargasen el equipaje. Después indicó a Ana que entrara en la casa con un escueto movimiento de cabeza. Cuando cruzaron la puerta de roble, Ana se llevó otra decepción. La magia tan especial que desprendía la fachada se desvanecía una vez cruzabas el recibidor.

—Seguro que le apetecerá un refrigerio —decía el ama mientras la guiaba por los pasillos.

Los colores oscuros y apagados predominaban tanto en el suelo como en las paredes y el mobiliario poco tenía que ver con el estilo arabesco de fuera. Resultaba tan aburrida como cualquier casa de alta cuna. También era silenciosa y fría. Si en aquella fecha había corrientes frescas de aire, no quería imaginar cómo sería cuando cayesen las primeras nevadas del invierno.

Los pasos de las dos mujeres resonaban huecos y de no ser porque todo estaba pulcramente limpio, Ana habría supuesto que la casa estaba deshabitada. Tan solo se llegaba a escuchar, proveniente de alguna habitación cercana, el tic-tac de un reloj.

Se preguntó cuál sería la próxima decepción.

—Ordenaré que preparen su habitación para que descanse, mientras tanto puede tomar una limonada en el salón.

Un olor a madera vieja le golpeó en la cara cuando el ama abrió la puerta de doble hoja. Ella se descubrió la cabeza, dejando a la vista un recogido de rizos azabache, y le tendió el sombrero emplumado a la mujer. Luego se sentó en un sillón tapizado en flores blancas y grises.

—Puede retirarse —concedió Ana.

Lo que más llamó su atención fue el retrato que coronaba la enorme chimenea. El hombre del cuadro, ataviado con avíos de cacería, tenía el pie apoyado sobre el cadáver de un ciervo y estaba acompañado por dos perros pintos de caza. El gesto resultaba recio, duro y marcado en ángulos mientras que el cabello castaño y espeso se unía con la barba por unas patillas anchas. La mirada severa le hizo sentir insignificante y frágil y no pudo evitar encogerse sobre el asiento.

—Es Don Felipe. —El ama acababa de regresar y con ella traía una jarra de limonada en una bandeja de plata.

Ana apartó la mirada del retrato, decepcionada de nuevo. Aunque ya iba siendo hora de reconocer que estaba asustada. Por primera vez, desde que tuvo conocimiento de su inminente boda, sintió flaquear su determinación. Quería ser fuerte para enfrentarse a su destino y contentar a sus padres, pero lo que deseaba era que no acabase jamás el verano y que octubre no trajera el otoño a su vida.
Estaba demasiado cansada después del viaje como para seguir dando vueltas a sus primeras impresiones. Sin más se retiró a su alcoba y dormitó en una duermevela carente de sueños hasta que el ama le avisó de que la cena estaba servida. Cenó sola en un salón anodino que poco tenía que ver con los lujosos aposentos de coloridos extravagantes de Madrid. La acompañaba el compás repetitivo del reloj de pared, que seguía marcando el tiempo a pesar de que Ana, en un absurdo ejercicio telequinético, intentaba frenar el segundero. Anhelaba con todas sus fuerzas que se detuviese, pero la manecilla continuó con su rutina de manera implacable.

Después de una comida frugal, ya que había perdido el apetito (no sabía si por la ansiedad o por el cansancio), marchó de nuevo a su habitación para acostarse. Creyó que tardaría en conciliar el sueño pero a pesar de estar en una cama extraña, y plagada de inquietudes, se quedó profundamente dormida.

Fue al caer la media noche, cuando la rociada propia de los cerros empezaba a lamer la tierra, cuando Ana despertó al escuchar un insistente picoteo.

Tic, tic, tic, tic…

Lo escuchó de nuevo cuando se enderezó sobre la cama, ya despierta del todo, pues no estaba soñando. Era un sonido lejano y débil y, por contra de lo que creyó en un primer momento, no provenía de fuera sino del interior de la casa.

Se levantó entonces y se echó una toquilla de hilo sobre los hombros para salir al pasillo. Se asomó desde el marco de la puerta y prestó atención al silencio que moraba en la casa.

Tic, tic, tic, tic…

¡Ahí estaba otra vez!

En el pasillo se escuchaba más claro que en la habitación, lo que fuera recorría la casa con aquel repiqueteo. Tal vez solo fuesen ratas, pensó al tiempo que caminaba por el corredor con paso cauteloso. La casa a oscuras era lúgubre y siniestra, como una mortaja negruzca de formas irreconocibles recortadas a contra luz. Era fácil tropezar.

Ana se estremeció y se arropó con la toquilla para resguardarse de las corrientes que cortaban la piel con hilos gélidos más propios del invierno. Sintió el hielo de las losas en las plantas de los pies y se arrepintió de haber dejado sus zapatillas en la habitación.

Tic, tic, tic, tic…

Pero no pensaba volver a por ellas después de haber encontrado el rastro. Fuera lo que fuese se escuchaba más alto, más grave y era parecido al rasgar de unas garras. Definitivamente no eran ratas. Estuvo tentada de llamar a alguno de los mozos pero no quería molestar a nadie a esas horas, quizás no fuese nada después de todo. La casa era muy vieja y podía ser posible que solo se estuviese quejando de carcoma.

Recorrió la casa en silencio, como todo lo demás. Incluso los grillos y chicharras de fuera parecían haberse quedado petrificados.

Tic, tic, tic, tic…

Era lo único que se escuchaba, y la única forma de constatar que no se había quedado sorda. Bajó la escalera y llegó hasta la cocina. Era grande y amplia pero las sombras también habían anidado allí.

Tic, tic, tic, tic…¡TOC!

Justo enfrente, al lado de los fogones, había una puerta de madera gris y mohosa, tan vieja y astrosa que daba la sensación de que fuera a deshacerse en cenizas. El picoteo y el posterior golpe provenían del otro lado, contuvo la respiración y abrió la puerta con un rechinar de goznes oxidados. Unas escaleras descendían hacia una boca negra.

Desde lo alto de los escalones presintió que había algo abajo, estaba completamente segura. El sonido se transformó en un gorjeo repulsivo que le levantó el estómago y a punto estuvo de salir corriendo, pero una fuerza inclemente tiró de sus entrañas y sin poder evitarlo bajó los escalones. Pisó el terregal del suelo y lo sintió extrañamente cálido. El sótano estaba muy oscuro, como si un velo negro le cubriese los ojos, aun así caminó y se adentró en las tinieblas. Notó la nuca humedecida, la boca seca, los bellos erizados como púas y, a medida que se acercaba al centro, los pies cada vez más calientes.
Una luz tenue, rojiza como el rubí, latió incandescente a pocos metros de donde se encontraba. Se quedó paralizada cuando distinguió los insectos que se amontonaban panza arriba sobre la luminiscencia; estaban todos muertos y daba la sensación de que habían llegado allí por propia voluntad, como ella, quizás atraídos por el calor que manaba del suelo.

¿Qué había allí debajo? Se preguntó temblando como una hoja.

El calor era sofocante, le faltaba el aire, sus poros supuraban y el camisón se pegó a su cuerpo como una segunda piel.

De repente, el suelo tembló y se resquebrajó. La tierra comenzó a elevarse y los insectos se desparramaron sobre sus pies. Sintió el regusto amargo de la cena en la garganta, quería gritar pero no podía moverse.

Se abrió un agujero infame, como la boca putrefacta de un cadáver, y de él surgió una criatura aterradora. Se llevó las manos a la cara y se tapó los ojos, el monstruo era tan aterrador que no fue capaz de mirarlo más tiempo. Aun así, con los ojos cerrados, aquellos ojos de sangre se clavaron en lo más profundo de su mente.

La criatura bramó y Ana gritó con todas sus fuerzas.

Continuará...
En unos días publicaré la siguiente parte.

3 abr. 2019

La niña de harina -Parte1-



También lo puedes leer en WATTPAD

-Parte 2-
-Parte 3-
-Parte 4- 
-Parte 5-
-Parte 6-

Desde que partió de Madrid, enclaustrada y sola dentro de aquella berlina, el paisaje no había hecho más que cambiar. Las vastas llanuras de Castilla habían dado paso a los desfiladeros de Despeñaperros, una zona de sierra abrupta, que si bien era una maravilla y un deleite para cualquier viajero, no lo era tanto para los que padecieran de vértigo. Más allá de las crestas empinadas, el terreno se suavizaba y volvía a mutar en colinas para sembrarse de olivos. Todavía quedaban vestigios de la herencia musulmana en la provincia de Jaén y en algunas de las aldeas había tenido ocasión de admirar, a través de la ventanilla, los viejos palacetes y templos paganos. Tampoco es que hubiese tenido tiempo de disfrutar de la belleza del paisaje ya que las paradas eran muy breves. Aun así, a pesar de no detenerse más de lo esencial para descansar, el viaje se le estaba haciendo eterno puesto que no tenía con quien conversar aparte del cochero, al que poca conversación era capaz de sonsacar.

Por fin alcanzaron la serranía de Granada. Los montes, a medida que se adentraban, despuntaban en cimas de un verde plomizo. Acababa de comenzar el verano y este iba a ser especialmente seco, por eso los cerros se coloreaban de amarillo por la estepa. Aquella parecía una zona poco transitada y, quizás por eso, la tranquilidad se palpaba en el aire. En el eco del viento se llegaba a adivinar los sonidos de la naturaleza virgen: pájaros, cabras, cerdos y algún que otro mugido lejano, que ponían banda sonora a una estampa perfecta.
La dama, que se sentía indispuesta en aquel momento, no estaba en condiciones de apreciar la placidez que moraba en esas tierras. Se sostuvo el sombrero emplumado cuando una rueda arrolló un bache y la zarandeó como a un ratoncillo dentro de una caja. Resopló, cansada. Dentro del carruaje hacía calor a pesar de que la temperatura en la sierra era unos grados más baja. Lo peor era el dolor de huesos y el entumecimiento de las piernas, las sentía como si fuesen dos trozos de corcho. Tal y como estaban las cosas, pensó, aquello era el menor de sus males.

Rebuscó entonces en la limosnera. El bolsito rosa era el complemento perfecto para el vestido de lino y seda bordada, una prenda que, por otro lado, rebelaba el alto estatus de la dama. Sacó una carta de papel amarillento que estaba arrugada de tanto manosearla y la leyó otra vez, por si acaso encontraba alguna esperanza entre aquellas letras.

Mi querida Ana Josefina:

Me complace comunicarte que tu padre ha concertado tu matrimonio con Don Felipe de la Real, gran señor y Terrateniente de la sierra granadina.
Es nuestro deseo que partas de inmediato al finalizar el curso en la escuela de señoritas para conocer a tu futuro esposo y la casa de la que serás señora. Tras la alianza deberás asegurarte de darle un hijo varón que herede su patrimonio. Confío en que sabrás encargarte.
La boda se celebrará la primera semana de octubre, días antes del enlace de nuestra querida Reina Isabel con el Duque de Cádiz.
Felizmente se despide tu amantísima madre.

María Augusta de Torres.
9 de Julio de 1846

Cuando Ana recibió la carta de su madre, hacía más de un mes, supo que había llegado el fin del mundo, al menos del suyo. La vida en la capital (que en un principio le abrumó) había conseguido seducirla. Hasta que la internaran en la escuela de señoritas, Ana solo había conocido su hogar y las tierras de su padre, en Aragón, y a pesar de que su madre era muy dada a organizar recepciones, su círculo de amistades siempre fue muy diferente a la alta sociedad madrileña.

Suspiró resignada y guardó de nuevo la carta. Después de todo, siempre había sabido que tarde o temprano aquel día llegaría. Lo que no esperaba era tener que marcharse tan lejos. Sus padres podrían haberle emparejado con algún noble de la corte y no con un terrateniente que vivía en la otra punta de España, pensó con amargura. En realidad su cabecita soñadora siempre imaginó que se enamoraría de algún poeta y se casarían en París, no que acabaría perdida en un rincón recóndito de la sierra granadina rodeada de cabras. Dudaba que allí le fuesen a valer de nada sus buenos modales o todo lo que había aprendido en la escuela se señoritas, por lo que llegó a la conclusión de que Don Felipe era un buen partido solo para sus padres. Era evidente que la urgencia con la que se había acordado el matrimonio no era otra que la bancarrota que sufría su familia. Desde hacía tiempo las tierras de su noble casta habían dejado de ser productivas y por lo tanto suficientes para mantener el nivel de vida que su amantísima madre se empeñaba en aparentar. Quizás el vertiginoso cambio del mundo también tuviese algo que ver con la crisis de los Torres. Las familias antiguas como la suya, decrépitas y marchitas, empezaban a agonizar. Era una nueva era; la era de la industria, o eso había escuchado alguna que otra vez en las reuniones sociales. Las máquinas empezaban a sustituir a la mano obrera y como consecuencia la producción se había disparado. El futuro estaba en manos de comerciantes y empresarios como Don Felipe de la Real, que a pesar de su apellido no era de sangre noble. Aun así era tremendamente rico, según tenía entendido.

Antes de partir había recabado cierta información, siempre dentro de la discreción; al parecer Don Felipe era viudo y tenía una hija de su anterior esposa. Eso era todo lo que había podido averiguar sobre él antes del viaje. Ni siquiera había visto ningún retrato del que sería su futuro esposo, y lo cierto era que sentía curiosidad por ver cómo era. Al menos había tenido más suerte que muchas de sus compañeras de escuela, ya que Don Felipe era solo diez años mayor que ella. Que fuese un hombre joven y no un anciano era un pequeño consuelo.

Por fin la berlina se detuvo y el cochero abrió la portezuela para ayudarle a bajar por la escalerilla.
En contra de lo que esperaba, la mansión que encumbraba las tierras de Don Felipe distaba mucho del cortijo cochambroso que en un principio imaginó. Definitivamente era un palacete, posiblemente de a alguna familia noble que se vio obligada a vender el patrimonio para poder sobrevivir en la corte. Los ventanales de las dos plantas superiores estaban enmarcados por arcos de herradura sobre columnas de capiteles florados, donde la simetría se interrumpía por la decoración de la fachada. Aquí y allá había relieves que combinaban con el color rojizo de la piedra. A Ana le recordó a los palacios de Las mil y una noches y se preguntó si el interior sería igual o lo habrían adaptado a los nuevos tiempos.
Pronto lo averiguaría puesto que el servicio ya la esperaba al pie de la escalinata de la entrada. Iban todos vestidos de negro, como una fila de hormigas; contó cinco sirvientas y tres mozos, además de un mayordomo y el ama de llaves que encabezaba la fila. Por el rostro hierático e imperturbable, Ana habría podido jurar que la señora era inglesa.

—Sea bienvenida, Doña Ana —saludó con una inclinación de cabeza tan recta y pulcra como su recogido, y sin acento distinguible. Tenía el pelo gris y según sus arrugas ya hacía tiempo que había dejado la madurez atrás.

Ana asintió sin demasiado entusiasmo mientras miraba con curiosidad a la fila de hormigas.

—¿Y el señor? —preguntó. Esperaba que Don Felipe también estuviese allí para recibirla.

—El señor no se encuentra en casa —dijo el ama de llaves con voz sobria—. Tenía negocios que atender y está de viaje. Regresará dentro de dos meses, para la boda.

Ana esperaba pasar algún tiempo juntos antes del enlace para conocerse mejor, por lo que la noticia la decepcionó. Se tragó la desilusión y se resignó una vez más, no le quedaba más remedio que esperar al mes de octubre para verle.

Después del 1 de octubre, pensó, tendrían tiempo de sobra para conocerse. Al menos hasta que la muerte los separase.

CONTINUARÁ
La semana que viene publicaré la siguiente parte. 

2 abr. 2019

Tirando la casa por la ventana

Me he vuelto loca y ¡estoy que lo regalo, oiga! La verdad es que llevo mucho tiempo descolgada del mundillo editorial, hace siglos que no publico nada nuevo, vamos que estoy desaparecida en combate. Eso no significa que haya dejado de escribir, es solo que estoy un pelín pochis y no tengo la fuerza necesaria para estar batallando en primera línea. Eso sí, se me acumulan las historias y con algunas no he sabido qué hacer con ellas hasta ahora.
Un día me levanté y dije: ¿por qué no compartirlas online? Y eso pretendo hacer. Os suelto todo este rollo porque voy a publicar uno de mis relatos de terror, es antiguo, lo escribí hace mucho, pero ya me estaba pidiendo a gritos que lo sacara del cajón.

Publicaré sus seis partes en Wattpad y en el blog, ya que por lo visto es complicado leer nada en esa plataforma si no tienes cuenta o te das de alta. Por eso iré publicando los fragmentos también por aquí, por si os interesa seguirlo.

De momento os dejo con la minisinopsis y la portada. Ya sabéis que podéis dejar vuestras opiniones tanto si os gusta como si no ;P


El otoño está a punto de llegar a la vida de Ana, y no es porque Octubre esté a la vuelta de la esquina sino porque sus padres la obligan a casarse con un hombre diez años mayor que ella y al que no conoce. Pero su inminente boda no será lo peor pues la casa de su futuro esposo está maldita, en ella mora un ser demoníaco que escapó por una de las bocas del infierno.

26 mar. 2019

Para leer: Consecuencias naturales, de Elia Barceló


¡Qué contenta estoy! Hace mucho que tengo la lectura (por ocio) olvidada, cuestión que me quema por dentro, pero con esta novela me propuse leerla sin paradas, del tirón, y he cumplido. Me ha durado unos cinco días, que teniendo en cuenta mi ritmo lector actual es nivel: Speedy Gonzales. Claro que mucha culpa tiene Elia Barceló, autoraza donde las haya y a la que da gusto leer. Nunca me cansaré de presumir que una de mis novelas, El letargo del pájaro de fuego, lleva un prólogo suyo. Para mí siempre será un orgullo que uno de mis retoños contara con el apoyo de una de las autoras de habla hispana más importante de la Ciencia Ficción (ya me puedo morir tranquila).

Consecuencias naturales es una novela rescatada por la editorial Crononauta, ya tiene sus añitos (25 nada menos) aunque el tema que trata, por desgracia, sigue siendo muy actual. Os animo, por otro lado, a visitar la web de Crononauta, una editorial alternativa que propone "literatura de género con perspectiva de género" y que pretende apoyar a las autoras (que tan marginadas solemos encontrarnos en cuanto a los géneros de ciencia ficción, fantasía y terror) con un enfoque hacia la diversidad y el feminismo. Desde aquí les mando mis mejores deseos y mi agradecimiento como autora, con proyectos así una se siente un poco menos solita. Echad un ojo a su catálogo, llevan poco tiempo en marcha pero ya cuentan con obras geniales.

¿Y qué vais a encontrar en Consecuencias naturales? Pues un futuro donde los viajes espaciales y la supuesta igualdad entre géneros se ha conseguido, cuestión que está presente tanto en la sociedad, en lo político, en lo laboral e incluso en la manera de expresarse ya que se ha generalizado el lenguaje inclusivo y ahora todos y todas, ciudadanos y ciudadanas, utilizan tanto el femenino como el masculino. El caso es que por mucho que se evolucione en cuestiones de igualdad siempre quedará algún macho ibérico suelto, que es el caso del teniente Andrade, machote (para algunos) y Neandertal (para otros). Tanto es así que, ante el inminente primer contacto con los Xhroll (una nueva especie extraterrestre), su meta será acostarse con una de ellos para ser el primer humano en tirarse a una extraterrestre. Y lo consigue, solo que el encuentro no es tan excitante como esperaba y además tendrá sus... consecuencias naturales. Así se nos plantea un cambio de roles de género que se merece un sonoro ¡JAJAAAAAA! Me encantó, no me pude reír más con la situación. Consecuencias naturales es un claro alegato feminista cargado de humor e ironía, gracias a las diferencias abismales y malos entendidos entre especies.

La construcción de los Xhroll, de su planeta, de sus costumbres y su sociedad, es magnífica, de una complejidad llena de matices pero a la vez trazado con sencillez. El de los Xhroll es un planeta idílico, casi virgen, esto se debe a que viven en el subsuelo y ante todo se ocupan de cuidar la superficie como si fuera un tesoro. También son fríos, prácticos y sin emociones (un vulcano es más expresivo que estos seres), lo que dificulta la comunicación y el entendimiento con los humanos. Aparte hablamos de una sociedad con un índice de natalidad bajísimo, condenada a la extinción, y que ante todo valora la vida. Dados los acontecimientos, verán en los humanos la salvación de su especie ya que pueden ayudarles a reproducirse.

Consecuencias naturales es un claro reclamo feminista cuya temática sigue siendo muy actual, asusta pensar en lo poco que hemos avanzado en este tema en los últimos veinte años. Aparte de invitarnos a la reflexión, se trata de una buena historia al más puro estilo CiFi y además muy divertida. Os la recomiendo muy mucho, os guste el género o no, porque es de esos libros que merece la pena tener la biblioteca.

21 mar. 2019

La invasión de los gatos zombis

Quiero compartir con vosotros este relato que escribí hace mucho y que tras desempolvarlo, y sacudirlo un poco, vuelve a ver la luz. Es una comedia de terror, muy cortita, un "apocalipsis gatuno" que espero os guste y divierta. Podéis leerlo de forma gratuita en Wattpad.

SINOPSIS: “Un pueblo, un niño, unos gatos… El fin del mundo está aquí y en todas partes solo se escucha una cosa: Miau. Una historia escalofriante basada en hechos reales.”





1 feb. 2019

Para leer: La carretera, de Cormac McCarthy.


Pocas novelas han conseguido conmoverme, y a la vez acojonarme, tanto como The road. Si algo tienen las historias post apocalípticas o las distopías es que suelen mostrar realidades aterradoramente posibles. Supongo que por eso se me pusieron los pelillos de punta en más de una ocasión durante la lectura.

En realidad la historia es bien sencilla: trata de un padre y un hijo que intentan sobrevivir y buscar un lugar mejor en un mundo donde no lo hay. Pese a la sencillez del argumento, cada frase, cada párrafo y cada conversación encierran tantas emociones, sueños rotos, desolación y miedo que es imposible que te deje indiferente (a menos que seas una especie de golem sin sentimientos).

Está claro, dado el género, que son de esas historias que te hacen pensar. No dejo de preguntarme si la famosa frase "Se acerca el invierno" tendrá algo de cierto y acabemos viviendo, o sobreviviendo, en un invierno nuclear.

Igual ya has leído la novela, o visto la película, si no es así deberías. Aunque te advierto una cosa, es una historia muy dura y difícil de digerir.



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